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Reseña de La Música del Hielo

Una reliquia moderna impresionista o La culta tecnología que construyó un intercomunicador holográfico para fantasmas.

Cuando escuché por primera vez la poesía de Luis Alonso Cruz pensé que en sus versos se amplificaba el sonido del álgebra o quizás el sonido de los nuevos elementos químicos de la tabla periódica. También pensé que adentrarse en sus textos era como avanzar en una habitación repleta, hasta las rodillas, de piedras preciosas. Pensaba también, por momentos, en templos griegos de piedra como los que vi en los Caballeros del Zodíaco cuando Seiya y sus amigos batallan contra los caballeros dorados en las 12 casas.
Yo, a Luis Alonso Cruz, le tengo un cariño que se parece a un gran caramelo que a su vez se parece a un diamante o a la amatista y celebro las diferencias que encuentro en este poemario La música del Hielo con sus anteriores trabajos.
La música del hielo es un poemario que para mí, tiene dos formas. La primera, se relaciona a las reliquias modernas europeas que imagino muy preciosas porque, si he de ser sincero, nunca he visto una. Mi familia ha tenido objetos de porcelana o pequeñas cajas de música, pero siempre se han tratado sólo de imitaciones baratas de aquellos objetos preciosos. Este poemario se parece a los objetos de lujo que llevaban los pasajeros de primera clase del Titanic. Las referencias al mundo culto de Europa son innumerables y quien no tenga google a la mano puede llegar a marearse un poco entre el mar Mediterráneo, los países escandinavos, la Europa occidental y, sobre todo, entre sus principales pintores, escritores y mitos.
La segunda forma que le encuentro a este poemario es la de un sofisticado aparato construido por algún tipo de tecnología que sirve para comunicarse con los fantasmas del pasado a través de hologramas. Este poemario está cargado de una gran tragedia familiar o, mejor dicho, está cargado del complejo e intrincado nudo de emociones que surge del recuerdo de un padre ausente o siempre en tránsito.
La primera imagen que se nos presenta y que es la metáfora perfecta de la ausencia o del tránsito del padre es el mar inmenso. ¿Es el mar una pared infranqueable?, ¿es el mar una suerte de pista de aterrizaje o de despegue?, ¿uno llega o se va del mar?, ¿es posible esperar frente al mar el regreso del ser que uno ama? El mar, en este poemario, más que devolver, quita e intensifica las heridas o, mejor dicho, la soledad.
Sin embargo, el dolor no se muestra de buenas a primeras. Esta nostalgia relacionada a la familia se intuye primero con la relación de diversas metáforas galácticas que se entremezclan con el quehacer doméstico. Existe también el dolor que experimentan los que saben que han crecido, los que tienen conciencia de que han madurado.
Poco a poco (contemplando el mar, trasladándonos por ciudades europeas verdaderas y ficcionales, descubriendo poetas y pintores) entendemos que hay 3 conceptos que muy difícilmente se desligan, o mejor, de 3 conceptos que se confunden: el viaje, la muerte y, claro, la ausencia.
El libro avanza y el padre ausente, de pronto, se convierte en un fantasma que ha utilizado este aparato tecnológico que son los poemas para confundir su voz con la del yo poético. Todo parece hacerse pálido, el otoño o el invierno se pintan en nuestra cabeza. El poemario es un álbum de fotos donde los límites de tiempo y espacio se diluyen. La sensación bélica aumenta cada vez más y es imposible no dejar de sentir que el padre ha participado de uno o de varios conflictos armados importantes.
La siguiente etapa claramente identificada es una suerte de pesadilla impresionista. El dolor y la nostalgia se intensifican y se transforman en violencia. Da la sensación de que somos transportados en un barco a través de una tormenta. El mar, nuevamente, aparece como un elemento que resume el caos. El mar es la representación de los sentimientos del yo poético.
Considero que la redención a este caos y a esta ausencia se encuentra en la parte más musical del poemario que es justamente la que lo clausura. La referencia a las grandes mentes de occidente se intensifica hacia el final. El vino y el piano crean la música que, de golpe, nos transporta a una Lima noventera, con referencias musicales contemporáneas. Así, este viaje moderno termina en la capital del Perú que escucha a sus ídolos del rock inglés.
Este poemario es un viaje, es un constante devenir entre los siglos, entre Europa y Latinoamérica, entre la guerra y la paz del hogar, entre la familia y la ausencia, entre un sinnúmero de contrarios que se deja llevar por el carácter embravecido del mar.
Jorge Alejandro Vargas Prado
Enero 2016

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